La ubicación importa, y como auténtico experto inmobiliario, Donald Trump lo sabe bien: la elección de Alaska para la cumbre con Vladimir Putin reviste gran importancia.
Rusia vendió el territorio a Estados Unidos en 1867 por 7,2 millones de dólares, y el zar Alejandro II autorizó la transacción en un intento por reponer las arcas rusas tras la Guerra de Crimea de 1856.
En la reunión, Putin intentará convencer a Trump de su plan de paz en Ucrania, que incluye, entre otras cosas, la cesión de territorios por parte de Kiev.
Alaska, el estado más grande y menos poblado de Estados Unidos, conocido como la "última frontera", se encuentra en el Ártico, territorio disputado entre Moscú y Washington.
El lema del estado es "Del Norte al Futuro" y su objetivo es representar la tierra prometida.
Cuando Estados Unidos adquirió Alaska, muchos estadounidenses criticaron inicialmente la decisión, incapaces de comprender el interés en un territorio remoto y gélido.
El acuerdo se denominó "La Locura de Seward", en referencia al entonces secretario de Estado William Seward, quien convenció al presidente Andrew Jackson para que lo comprara. Sin embargo, unos años después, la percepción pública cambió radicalmente con el descubrimiento de oro y la consiguiente fiebre del oro en lingotes. El acuerdo tampoco fue bien recibido por los nacionalistas rusos, quienes durante años habían deseado recuperar el territorio.
Alaska albergó una cumbre internacional en otra ocasión: la primera entre Estados Unidos y China bajo la administración de Joe Biden, en marzo de 2021. Tuvo lugar en la capital del estado, Anchorage, y —esperemos que no sea un mal presagio— se convirtió en una trifulca diplomática, con intercambio de acusaciones y ataques, cuyos ecos aún resuenan en los pasillos del Hotel Captain Cook.
Quién sabe si se elegirá el mismo lugar para el encuentro presencial entre Trump y Putin. Lo más probable es que la cumbre tenga lugar en una de las muchas islas del estado, lejos de miradas indiscretas. Ansa

 (Copia).jpg)
